Navidad no será Navidad sin regalos —murmuró Jo desde la alfombra. Meg, Amy y Beth suspiraron también, lamentando su pobreza y la ausencia de su padre, lejos en la guerra. Aunque cada una deseaba algo —un libro, música, lápices—, decidieron gastar su dinero en un regalo para su madre.
Mientras la nieve caía fuera, ensayaban una obra escrita por Jo. Ella recitaba con dramatismo, Amy actuaba rígidamente, y Beth olvidaba el pan por mirar la escena. El ensayo terminó entre risas, justo cuando entró su madre.
La señora March, envuelta en su capa gris, fue recibida con cariño. No era hermosa según el mundo, pero para sus hijas era la mujer más espléndida. Se puso las zapatillas calientes que Beth había preparado y, con Amy en las rodillas, se sentó a disfrutar su momento favorito del día.
Cada hija se movía por la casa a su modo: Meg preparaba el té, Jo traía leña con torpeza, Beth iba y venía en silencio, y Amy daba órdenes sin moverse. A pesar de las penas y las diferencias, el hogar vibraba con calidez, esfuerzo y afecto sincero.
—Tengo una grata sorpresa después de la cena —dijo la señora March, y los ojos de todas brillaron.