En un caluroso día de julio, Raskolnikoff bajó las escaleras de su buhardilla en San Petersburgo. Caminaba con sigilo, evitando cruzarse con su patrona, a quien debía meses de alquiler. Su cuerpo estaba débil, su mente confusa, pero una idea fija lo empujaba hacia adelante. Fingía pasear sin rumbo, aunque sabía bien a dónde iba: a la casa de la vieja usurera, Alena Ivanovna. Había empeñado cosas antes, pero ahora el motivo era distinto. En su interior, crecía la sombra de un pensamiento atroz.
El hambre y la miseria lo habían vuelto huraño, casi delirante. Sentía que el miedo dominaba al mundo más que la pobreza misma. Cuando un borracho se burló de su ridículo sombrero, un pensamiento fugaz lo estremeció: aquel sombrero podría delatarlo si algún día cometía un crimen. El simple comentario confirmó lo que su conciencia temía admitir: ya había empezado a planear un asesinato.
La casa de la usurera era oscura y sofocante. Raskolnikoff le entregó un reloj para empeñar, mientras sus ojos recorrían el cuarto con precisión: las llaves, los cofres, la anciana. Preguntó por su hermana y supo que al día siguiente no estaría allí. Al salir, un asco profundo lo invadió. Entró en una taberna, bebió una cerveza e intentó convencerse de que todo era una locura pasajera. Pero sabía que no: el crimen ya había nacido en su mente.