Desde Londres emprendí mi viaje hacia Transilvania para concretar un negocio con un noble llamado conde Drácula. Al principio, todo parecía rutinario, pero a medida que el tren avanzaba hacia el este, las ciudades se desvanecen y el paisaje se volvía más salvaje y desconocido. En cada aldea, los lugareños me miraban con temor al oír el nombre del conde. Algunos me ofrecieron amuletos y me rogaron que no siguiera.
Yo lo tomé como simple superstición, aunque un mal presentimiento comenzaba a inquietarme. Al llegar al paso de Borgo, un carruaje negro me esperaba. El cochero, silencioso y extraño, me condujo por senderos oscuros mientras los lobos aullaban alrededor. Bastaba un gesto suyo para hacerlos callar, lo que me heló la sangre al notar que su autoridad sobre las bestias desafiaban cualquier explicación racional. El castillo apareció finalmente, erguido sobre un precipicio, sombrío y desolado. Allí me recibió el conde: alto, pálido, de modales exquisitos, pero de una presencia que imponía un miedo inexplicable.
Esa noche supe que había cruzado un umbral invisible; comprendí que mi racionalidad occidental era insuficiente para procesar la atavística naturaleza del mal que habitaba en esos muros. Algo en aquel lugar —en su silencio, en la mirada del conde— me hizo entender que estaba lejos de todo lo humano, sumido en una profunda aprehensión. La atmósfera del castillo no era de soledad, sino de una omnímoda vigilancia que parecía emanar de las mismas piedras.