Para Sherlock Holmes ella siempre será la mujer. Nunca la he oído nombrar de otro modo. A sus ojos, eclipsa y predomina sobre todo su sexo. No es que sintiera por Irene Adler amor en el sentido ordinario de la palabra. Todos los sentimientos, y aquel entre ellos, parecían repugnantes para su mente fría, precisa, pero admirablemente equilibrada. Sin embargo, para él, siempre fue la mujer. Y sin embargo, el destino quiso que Irene Adler no fuera una mujer común.
El escándalo en Bohemia había demostrado su capacidad única. Ella había conseguido, gracias a su astucia y valentía, adelantarse a los movimientos de Holmes, escapar a su vigilancia y conservar en su poder la fotografía que comprometía al mismísimo Rey de Bohemia. Jamás en su vida Holmes había sufrido un revés semejante, y aunque no lo admitiera con palabras, Watson sabía que, en el fondo, Holmes respetaba profundamente a aquella dama que lo había vencido en su propio terreno: la inteligencia.
Este respeto era una rara admisión de que incluso su máquina de razonar podía verse superada por el ingenio humano, lo que la convertía en una figura única en su memoria. Su éxito no se basó en la fuerza, sino en una estrategia tan meticulosa como la suya propia.