Aquel día de sol claro, el silencio del hogar se rompió con el sonido de un caballo que se acercaba desde la plazoleta. Era Roberto, el hermano mayor, que volvía tras largos años de ausencia. Su figura, polvorienta y serena, trajo un torbellino de alegría a la casa. Mi madre, entre lágrimas y sonrisas, lo abrazó con ternura, reconociendo en él los rastros del tiempo y de la distancia. Roberto recorrió cada rincón del hogar con una mezcla de nostalgia y orgullo, hasta que preguntó por la higuerilla que él mismo había sembrado antes de partir. La encontró crecida, fuerte, moviéndose con la brisa marina como si lo saludara.
Sobre la mesa, su alforja rebosaba de regalos: dulces, bizcochuelos, tejas y recuerdos de su viaje. Pero el obsequio más especial no era para ninguno de nosotros, sino para papá: un gallo majestuoso, de plumas carmelitas y mirada fiera. Al verlo estirar las alas y cantar con fuerza, todos comprendimos que aquel sería un miembro más de la familia. Así llegó el "Caballero Carmelo" a nuestro hogar, trayendo consigo la promesa de nuevas historias y el eco vibrante de un pasado que regresaba al calor del amor familiar.