En los portales de Lima del siglo XVIII trabajaba don Dimas, un escribano famoso por su astucia. Tenía la fama de resolver cualquier pleito con tal destreza que nadie lograba engañarlo.
Un día, apareció un visitante extraño que le propuso un trato arriesgado: debía defenderlo en un juicio, pero el rival no era cualquiera, sino el mismísimo diablo. El demonio, convencido de que su poder lo haría ganar, aceptó fijar la disputa ante los tribunales celestiales.
Don Dimas, con calma y seguridad, redactó un contrato lleno de cláusulas enrevesadas y trampas legales. El diablo, confiado, firmó sin leer demasiado. Cuando llegó la hora de presentar pruebas, descubrió que todas las condiciones jugaban en su contra. Los jueces, divertidos, fallaron a favor de don Dimas, que sonrió satisfecho. La noticia corrió por Lima: un simple escribano había vencido al diablo usando pura picardía criolla. Desde entonces, la gente decía que hasta el demonio debía tener cuidado con un limeño listo y con pluma en la mano.